sexta-feira, 10 de abril de 2009

Memória histórica ou pretérito politizado (1)

Nietos de verdugos
ANTONIO VALDECANTOS

Quien se entrega con afán a la memoria llamada histórica o preconiza fervorosamente su cultivo suele exhibirse como un ser incorruptible que cumple con un deber casi sagrado. Parece obligado a recordar aquello que recuerda porque de lo contrario sería un monstruo. Sin embargo, esa clase de memoria no está reñida con el servicio a fines muy pragmáticos y prosaicos. En esencia, los beneficios que se siguen de su fomento son dos: escarnecer al adversario político a base de conmemorar crímenes perpetrados por quienes se supone son sus ancestros y aumentar el capital moral propio con el monto de virtud que suele proporcionar el parentesco con las víctimas o la identificación con ellas.
Nada tiene de raro que ocurra una cosa así. Desde siempre, las pasiones, los hábitos y las creencias políticas suelen formarse invocando vetustos linajes a los que, a menudo con envidiable imaginación, se dice pertenecer. Ni siquiera las épocas más amantes de la novedad o de la aceleración están libres de esta tendencia. Atribuir al rival o al enemigo un linaje indecoroso es, por tanto, una de las formas más eficaces que pueden encontrarse para desacreditarlo. A la anterior ventaja deben añadirse, desde luego, el prestigio inherente a la condición de víctima y la franquicia de que goza quien logra mostrarse como tal (en el mercado de la virtud la proximidad a las víctimas es, no en vano, uno de los bienes más apetecidos).
Apenas nada llegaría a recordarse de hecho -individual o colectivamente- si quien lo recuerda no le confiriese cierto tipo de valor: el positivo del que gozan lo memorable, lo útil y lo placentero o quizás el ominoso que acompaña a aquello que gustaría extirpar de la memoria. Todo recuerdo es un juicio sobre una copiosa multitud de olvidos, y también, desde luego, a la inversa. El bien y sobre todo el mal (o mezclas muy confusas del uno y el otro) no están nunca ausentes cuando de olvidar y recordar se trata. En general, recordar algo sólo es posible olvidando o habiendo olvidado otras muchas cosas, algunas muy próximas a lo que se recuerda. Como hace poco apuntaba Carmen Iglesias, una memoria que no estuviese rodeada de olvidos sería imposible de concebir y quien diga poseerla o abogue por ella no sabe muy bien lo que afirma. Esto, que ocurre a diario con los recuerdos individuales más fútiles, sucede también en la rememoración colectiva de lo que se tiene por importante.
Dime, pues, lo que recuerdas y te diré de qué te olvidas. Y, sobre todo, decidnos lo que queréis recordar y os diremos aquello de lo que os olvidáis y que por nada del mundo querríais recordar ni, llegado el caso, permitir que se conmemorase. Proclamar qué debe ser objeto de memoria implica la previa o simultánea definición -normalmente oculta e inconfesable- de lo que no se quiere recordar en absoluto. Cualquier política de la memoria lleva incorporada, aunque declare lo contrario, una implacable política del olvido.
De ordinario, las políticas de la memoria son parte de peleas más o menos desapacibles y resultaría difícil imaginar que llegasen a ser otra cosa. En general constituyen venganzas incruentas encaminadas a invertir simbólicamente el pasado, haciendo de las derrotas victorias morales y de los triunfos fracasos aplazados. A veces dichas políticas son guerras de papel o de juguete (una bendición al lado de las de verdad) que evitan males mayores. Seguramente en 1936 no había nadie en España muy interesado en abrir las fosas mortuorias de la guerra carlista acaecida sesenta años antes, y ese olvido de las víctimas era fácil de entender mientras se estaba preparando una carnicería de mucha más envergadura.
Hay, pues, olvidos peligrosos que hacen preferibles las formas más plúmbeas y fraudulentas de memoria histórica. Desenterrar muertos quizá sea un buen medio, al fin y al cabo, para no tener que apresurarse a enterrar a otros nuevos. Como procedimiento justiciero de rectificación del pasado -y en particular de las guerras civiles- la memoria histórica es, desde luego, más recomendable que el desencadenamiento de nuevas guerras, civiles o no, aunque eso no la convierte en una operación muy desinteresada ni demasiado piadosa. La memoria histórica puede servir de cura homeopática de ciertos odios, pero avivarla cuando éstos ya habían llegado a extinguirse es una iniciativa temeraria que, lejos de buscar el descanso de los muertos, hace de ellos deslumbrantes trofeos y afilados proyectiles.
La exigencia de conmemoración de las víctimas propias (las muertas por mano «ajena»), además de convertirlas en inequívocamente virtuosas y ejemplares -cosa que no siempre fueron, aunque declararlo parezca una impiedad- coloca, se quiera o no, a las víctimas ajenas (las causadas por mano «propia») en una inquietante zona de sombra: se dirá que resultaron de una violencia cuyo responsable último estuvo en su propio bando, que constituyeron los daños colaterales causados por todo enfrentamiento humano o, como a veces llega a afirmarse, que no procede conmemorarlas porque sus odiosos partidarios ya les tributaron en su día la ración correspondiente de recuerdo y cualquier otra estaría de más. Las políticas de la memoria forjan un pasado cortado a la medida de los intereses y vanidades del presente y se definen mejor por lo que ordenan olvidar que por las conmemoraciones que solicitan.
Su retórica constituye un prodigio de astucia: oponerse al recuerdo de las víctimas es una impiedad que delata connivencia con los verdugos, mientras que abogar por las bondades del olvido muestra poca estima por la verdad y quizá temor de sus efectos. Atrapado por esta lógica perversa, al adversario de la política de la memoria sólo le queda esperar su turno y responder, cuando le toque, con el cultivo de una memoria histórica de signo inverso, expectativa tan desabrida como tediosa.
Probablemente la política y la Historia son imposibles sin la creencia en comunidades imaginarias que vinculen a los vivos con los muertos y sin conflictos nada imaginarios entre dichas comunidades. Las políticas de la memoria quizá sean una expresión razonablemente civilizada de semejantes conflictos, pero conviene no atribuirles la pureza de intenciones en que dicen fundarse. Como tantos otros frutos de la civilización, son artimañas astutas pensadas para extraer cierta clase de provecho y para adquirir, sobre todo, certeza de la propia bondad.
Hay, desde luego, otro camino disponible para administrar el pasado, sus violencias y sus estragos: recordar que la tradición a la que uno dice pertenecer y la genealogía a que uno se afilia -aun las más virtuosas, heroicas y ejemplares de todas- están manchadas de mucha más sangre de la que cabría en cabeza o en memoria humana. Ni la más noble de todas las causas tiene en verdad las manos limpias a poco papel que haya tenido en el matadero de la historia universal, y la bondad de una causa no sólo no disculpa los crímenes cometidos en su nombre, sino que tampoco hace disminuir la probabilidad de que se hayan dado. Ni las buenas causas son menos crueles que las malas, ni su crueldad se debe a que no tuvieron bondad suficiente: si hubieran sido más virtuosas, probablemente habrían resultado todavía más sangrientas.
Las políticas de la memoria se concibieron para hacernos creer que los nietos de los verdugos siempre son los otros y que los estragos de la Historia se curan con reparaciones, conmemoraciones y perdones, y en general con ceremonias de virtud.
La mejor forma de piedad histórica consiste, sin embargo, en ver los horrores más despiadados como la secuela de algo que los nuestros tomaron como bueno y que muchas veces lo sigue siendo para nosotros. Mostrar con detalle el preciso momento y manera en que las mejores intenciones se precipitaron en el despeñadero de la crueldad es uno de los servicios más eminentes que el conocimiento del pasado puede prestar. Se trata, sin duda, de ejercicios tan difíciles y raros como desprovistos de rentabilidad práctica. Nunca fundarán una política viable ni una moral ejemplar ni una ciencia rigurosa, ni producirán tampoco placeres narcisistas ni contribuirán a la felicidad de nadie o al descrédito de terceros. No han sido frecuentes en el pasado y puede que tengan poco futuro, pero proporcionan la única manera decente de comprender el pasado humano. El hallazgo de que el mal no siempre surge del mal y de que puede haber un solo paso entre las razones más exquisitas y el horror más espantoso es la raíz común de la piedad y del conocimiento históricos, pero las políticas de la memoria se inventaron para asegurarse de que uno y los suyos están libres de dar ese paso.

Fonte: “El Mundo”, 17/10/08

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